¿Por qué el sueño no llega en esta noche que al fin le espero? Justo ahora que el cese del peligro que amenazaba Jerusalén me permite descansar, no hallo reposo ni calma.
¿Será que aún me inquieta ese falso profeta? ¡Oh, Yahvé! Ya sé que él dice hablar en tu nombre, pero ¿cómo podría un profeta de Dios amenazar la Ciudad Santa y a tus sacerdotes?
Hoy al mediodía, en cuanto le vi, le reconocí. Pájaro de mal agüero. Tal como me estaba encomendado, me acerqué y detuve, preguntándole sus motivos para salir de los muros de la ciudad. Hay estricta pena para todos aquellos que se atrevan a abandonar la ciudad a su suerte y huir cobardemente, y peor aún para aquellos que osen buscar asilo entre nuestros enemigos, negando a Dios y su pueblo.
Claro, Jeremías dijo desear visitar a su hijo y su familia, que viven fuera de las murallas.
¡Oh, Yahvé! Esa historia ya la he oído antes, y no le creí una palabra.
¿Realmente vería sólo a su hijo? ¿No se encontraría con otros traidores?
¡Señor! Ese tal Jeremías ha anunciado la ruina de Israel cientos de veces, aumentando el miedo en su pueblo y animando a los enemigos. Falso profeta es, que así amenaza a nuestro pueblo, elegido por ti.
Dí voces, y rápidamente llegaron mis compañeros de armas, que a su vez fueron a buscar al Sumo Sacerdote.
Los sacerdotes lo acusaron de traición a Dios, a Israel, y de alterar el orden público. Se ordenó su detención inmediata, y en su cara leíamos la rabia y el odio, mientras lo llevábamos a prisión.
La Justicia marcha.
Se nos ordenó arrojarlo a un pozo: una cueva bajo tierra donde se solían apilar agua y víveres, ahora vacía. De allí no podrá escapar ni generar más alborotos.
Volví a mi trabajo de centinela en las murallas de la ciudad, con la consciencia tranquila de haber obrado bien. Esta noche por fin podría dormir: la ciudad está a salvo, Jeremías no espantará con sus clamores y advertencias de futuras penurias, y nuestros aliados egipcios se recuperan.
Al regresar a casa, mi mujer sonreía, igual que mi hijo. El mercado abrió: volvieron a traer alimentos de los campos. Todo pareció apuntar que al fin, Yahvé, has posado de nuevo tu mirada en nosotros.
Y si todo está bien, ¿por qué en esta hora no logro conciliar el sueño, ni sacar de mi mente el rostro furibundo de Jeremías?
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