Si llegas al suelo, el choque es violento. Te partes y sangras. Pero si sigues vivo, agradeces no seguir cayendo.
A veces pienso que la caída comienza cuando no puedes sostener algo. Los brazos, tensos, ya no resisten más. El peso te hunde. Te esfuerzas al máximo y aprietas los dientes. Pero lo sabes. No puedes más. Y entonces, caes. Caes tenso, luchando por sostener, y luego por aferrarte. Luchando.
Puede suceder que, pasado el tiempo, ya has caído tanto, tantas veces, que caes con desgano. Caes, sólo caes. Parece no importar, rendido. Pero el terror sigue intacto.
Hay quienes dicen que si te dejas caer, sin luchar, renunciando al aferrarte, caes más deprisa y llegas antes al suelo, tal vez más incólume. No lo sé.
Hay quienes dicen que hay que seguir sosteniendo en la caída. Que si manoteas y gritas por ayuda, puedes dar con una rama o algún brazo amigo. Poca gente sabe que hay caídas que pueden romper ramas gruesas; o que el brazo amigo sólo puede ayudar por un momento, no durante toda la caída. Siempre está el temor que si logras aferrarte, lo que te sostiene se quiebre y ya no haya forma de sostener el peso propio. Igual manoteamos.
Lo más curioso de todo, es que mientras caemos, muchas veces es cuando más vivos nos sentimos. Y mientras caigo, puedo recuperar y sentir la esperanza.
La esperanza es lo último que se pierde. Si hemos perdido todo, puede ser lo primero que encontremos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario